13/5/15

Los demonios de la concupiscencia


Los demonios de la concupiscencia atacan a todo tipo de hombres, aunque tienen preferencia por los más espirituales, sobre todo artistas y religiosos.
Por las noches, los demonios se cuelan en la mente del casto sacerdote y siembran la lujuria, provocándole sueños húmedos, pensamientos de lubricidad desviada o exagerada, para pervertirlo antes de atacar.
Tras varias noches de precalentamiento, los demonios se materializan y follan con el clérigo en unos coitos tan salvajes y placenteros que el pobre religioso se derrite en mil orgasmos, a veces entrecortados por momentos de lucidez que derivan en auténtico horror.
A la mañana siguiente, el interfecto no recuerda casi nada, sólo que ha tenido un sueño húmedo, brutal y extraño y que, a juzgar por la cantidad de semen y sangre que hay en su ano, no ha sido una experiencia del todo irreal.
Además, la víctima siente debilidad y abatimiento, ya que los demonios han empezado a extraer su energía erótica a través del coito.


Noche tras noche, los demonios se van haciendo cada vez más fuertes mientras su víctima (que, enganchada al placer, es capaz de renegar a su fe para consagrarse al demonio) se debilita progresivamente, llegando en ocasiones a sufrir ataques al corazón o una muerte violenta ocasionada por el intenso placer sexual que su cuerpo, ya consumido, no soporta.



“Los íncubos y súcubos pueden ser dañinos y destructivos. 
Como con cualquier situación sexual, el peligro depende de cómo la manipules. 
Todo sexo es potencialmente peligroso, porque nuestros sentimientos sexuales nos hacen vulnerables. 
¿Cuánta gente ha sido arruinada por un amante? 
El sexo conlleva un punto de invasión y los súcubos y los íncubos simplemente nos hacen intensamente conscientes de esto. 
El sexo es físico. 
Si fuera posible para cualquier persona pulsar un botón que hiciera aparecer a un íncubo o a un súcubo, creo que la mayoría de la gente preferiría tener relaciones sexuales con uno de estos demonios a las aburridas cópulas con gente real”. 

 William Burroughs

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