28/5/13

El Conde Feroz Tercera Parte Capítulo LXIII


"Aldalahá hizo su aparición en los aposentos del conde para decirle que tenía el gusto y el honor de haber organizado una fiesta para él y todos sus muchachos esa misma noche. 
Pero no debían asistir a ella vestidos de caballeros castellanos, sino que unos esclavos castrados les traerían oportunamente las ropas que todos habrían de llevar puestas para el festejo. 
A cada uno de ellos les pondrían las más adecuadas y que mejor resaltasen sus bellos atributos masculinos con atuendos al estilo árabe, mas el noble anfitrión suplicó a su amigo el conde que por esa noche dejase que su hermoso mancebo llevase la vestimenta propia de un príncipe almohade...
Y el conde se acercó a su amado esclavo y levantándole la barbilla con la mano le dijo: “Por esta noche serás como un príncipe y al terminar la fiesta volverás a ser tu mismo sin más apelativos ni privilegios que ser mi puto esclavo. Y ahora sonríe y en cuanto nuestro amable anfitrión se vaya de esta estancia, que tus eunucos te laven por dentro y ponte a cuatro patas sobre esos cojines que te voy a reventar el culo y llenarte el vientre de leche. Y podrás vaciar tus cojones en cuanto notes que mi semen invade tus tripas. Agradece a mi noble amigo su deferencia hacia ti y lo muy espléndido que es con un ser tan indigno como tú”
...y el amo le dio por el culo casi más como si estuviese castigando al chaval, que gozando al penetrarlo hasta el fondo y para ello apretaba con fuerza su vientre contra las nalgas del chico." 


Para leer el sexagésimo tercer capítulo de la tercera parte de esta saga pincha la imagen. 
 "El Conde Feroz" es una historia escrita por el Maestro Andreas y está ambientada en la España cristiana y mora del siglo XIII

Una buena dosis de correazos

Jorge & David


"Jorge era un muchacho de veinticuatro años que trabajaba como profesor en un instituto de enseñanza secundaria. 
Tenía a su cargo las clases de varios grupos de alumnos de quince años.
 Era bastante apreciado y respetado, y mantenía una buena relación con todos ellos, pero especialmente con David, con el que hablaba muy frecuentemente y al que trataba con más asiduidad. Vivían cerca el uno del otro y esto hacía que al ir y al venir al colegio lo hicieran siempre juntos. 
Se entabló entre ellos una auténtica amistad, llegando a quererse como hermanos. 
La poca diferencia de edad hacía que se entendieran perfectamente. 
David iba con frecuencia a visitar a Jorge a su casa para consultarle cosas de la clase o personales y muchas veces hacía los deberes con él, y algunos fines de semana los pasaban juntos, incluso algunos sábados iban los dos al cine. 
Era un muchacho de quince años bastante majo físicamente y en su forma de ser, y además inteligente pero, como muchos adolescentes, bastante caprichoso y cabezota. 
Un día que tenía un examen, precisamente con Jorge, decidió no presentarse a hacerlo porque quería jugar al fútbol. 
Jorge le había advertido que era día de clase, que además tenía un examen y que no podía faltar, pero él hizo caso omiso. 
Al día siguiente, cuando el profesor le pidió explicaciones, lejos de mostrar arrepentimiento, le contestó con cajas destempladas. 
Entonces Jorge, en un momento que estaban los dos a solas, le dijo: El sábado, cuando vengas a casa, hablaremos de esto. 

Llegó el sábado y David se presentó a la cita que tenía para pasar el día juntos, primero por la mañana, luego a comer a mediodía y luego al cine. 
Serían las diez cuando llamó al telefonillo y Jorge le abrió. 
Cuando subió al apartamento, la puerta estaba abierta. 
Entró, se saludaron y se dieron un abrazo, como de costumbre. 

Enseguida le preguntó al muchacho: ¿Te parece bonito haberte fumado el examen del otro día? 
Tenía un partido de fútbol. 
Eso no es motivo. 
Y no lo era, pero David no sabía salir de ahí y de decir que no era para tanto. 
Te tengo que castigar por ello. Ven aquí. 
 Dicho esto, Jorge empezó a quitarse el cinturón. 
Cuando David lo vio, se quedó blanco como la cera. 
¿Me vas a pegar? 
Te mereces una azotaina y te la voy a dar. 


Cogió al chico por un brazo, le bajó los pantalones, le bajó los calzoncillos hasta los tobillos ante la sorpresa del muchacho, le echó un buen rapapolvo mirándose los dos de frente, se sentó en una silla, y luego lo tumbó boca abajo sobre sus rodillas, levantándole todo lo posible el jersey y la camisa, dejándole con todo el culo al aire y en pompa. 
David, con sus quince años, tenía un buen culo. 
Aunque estaba más bien delgado, tenía un pompis perfecto, que sobresalía bien del resto del cuerpo, proporcionado en sus dos partes que se hacían notar a cada lado de la raja, redondeado, sin vello y lo bastante amplio para dar unos buenos azotes. 
 A Jorge al principio le daba pena pero decidió prescindir de sus sentimientos y comenzar el castigo.


 Dobló el cinturón en dos y empezó a darle la azotaina en ese culo tan hermoso que se le ofrecía tan bien expuesto y completamente desnudo. 
Cincuenta correazos dados con todas sus fuerzas cayeron sobre la nalga izquierda, luego otros cincuenta en la derecha. 
El adolescente gritaba y lloraba. 
El culo de David pasó pronto del rosáceo discreto al rojo tomate. 
Después, otros cincuenta correazos más, bien fuertes, en cada nalga. 
El culo pasó ya del rojo tomate al rojo vivo. 
Jorge siguió azotándole sin compasión y le dio todavía otros cien azotes tan fuertes como los doscientos anteriores, porque más fuertes era ya imposible, pero esta vez con la hebilla y cruzándole el pompis de lado a lado. 
El adolescente gemía y lloraba cada vez más. 


Cuando dejó la correa, David hizo el gesto de levantarse y llevarse la mano atrás, pero Jorge le dijo que aún no le había dado permiso y que por ello la azotaina continuaría aún hasta que él y sólo él lo decidiese y, doblándole el brazo, sujetándoselo en la espalda y poniendo su mano en el ardiente trasero del muchacho, le dijo: Todavía te puedo poner el culo más caliente. 


 Esta vez con su mano de hierro le propinó veinte azotes más en cada mejilla y otros veinte azotes más en el centro. 
En vista de lo ocurrido David ni se atrevía ni podía ya levantarse. 
Jorge se paró a mirarle el culo detenidamente y vio cómo se lo había dejado: era toda una montaña roja, como un volcán en erupción, cortada en dos encima de sus rodillas, toda llena de puntitos rojos, de señales, de grietas en la piel y con algunos cardenales.


 Después de un buen rato, lo levantó de sus rodillas y lo puso de pie. 
Estaba llorando como una magdalena y con la cara enrojecida de dolor y de vergüenza, aunque no tan enrojecida como el culo ni mucho menos. 
Así de pie permaneció unos minutos delante de su profesor. 
Sabía que le estaba enseñando el culo, los genitales, el pene y el pelo que tenía por delante, pero prefería no pensarlo. 
Jorge se lo llevó al cuarto de baño y lo puso ante un espejo grande. 
Cuando David se vio el pompis, dos lagrimones más corrieron por sus mejillas. 
Eran las once. Entre la regañina y la azotaina se había pasado casi una hora. 
El profesor le puso en su despacho mirando a la pared, pantalones y calzoncillos bajados, con todo el culo al aire y más colorado que un tomate, y con el libro en la mano para que estudiara las lecciones de las que haría el examen que no quiso haber hecho antes. 
Así estuvo bajo su vigilancia hasta la una. 
Entonces le dijo que se podía vestir, que bajarían a comer y que luego irían al cine porque se lo había prometido. 
Le mandó que se lavara la cara y el chico obedeció.
 Después Jorge cogió a David en su regazo y le explicó la razón de su castigo. 
David la comprendía, aunque no le había gustado nada y la encontró demasiado severa. 

 ¿No te habían dado nunca una azotaina, David? 
Con el culo al aire, no. 
Pues ahora ya tienes la experiencia. 
No se me olvidará en la vida. 
¡Cómo me has puesto el culo! Me va a durar una buena temporada. Me has puesto a caldo, me has dejado el pompis peor que un tomate maduro, me has pegado en él como si fuera un pandero. Me duele mucho, me escuece, me arde, me pincha… Esta vez te has pasado, tío. Y además me has desnudado. Me lo has visto todo: el culo, la polla, los cojones… Me ha dado mucha vergüenza . Menos mal que eres tú, que somos amigos y que contigo tengo confianza. Pensándolo así, ahora ya no me da tanta vergüenza. 
Claro, David. Seguimos siendo buenos amigos, pero no te olvides de que también eres mi alumno y tengo que educarte y, si vuelves a comportarte mal, tendré que volver a hacerte exactamente lo mismo. Dame un beso, anda. 

 David se acercó a Jorge y, echándose a su cuello, le plantó dos besazos en cada lado de la mejilla y le dio un fuerte abrazo. 
Jorge hizo exactamente lo mismo con David. 
En lo sucesivo el adolescente volvió a ser corregido unas cuantas veces por su profesor con unas buenas azotainas con el culo al aire y con la correa o con la vara del mismo estilo que la que había recibido en esta ocasión e incluso más fuertes. 


No por ello dejaron de ser amigos. 
Los dos sabían distinguir bien las cosas.
 Estuvieron juntos dos años en el instituto. 
Jorge se trasladó después, pero su amistad continúa a pesar del tiempo. "

Íter
 iter2@yahoo.es