30/8/15

Vendido


De pronto sentí agua fría sobre mi cuerpo y me vi desnudo, con las manos atadas por la espalda, estaba dentro de una jaula que medía un poco menos de un metro de alto, unos sesenta centímetros de ancho y como un metro y cincuenta centímetros de largo.

 - Despierta flojo!
Gritó un tipo que no pude observar porque la luz le daba desde atrás. 
Abrió la jaula por la parte delantera y me jaló de los pelos. 
- Sal rápido! gritó. 
Como pude me arrastré hacia la salida, en cuanto estaba afuera de la jaula y guiado por la mano que traía mi cabellera me incorporé, entre el que me gritó y otro hombre me pusieron dos correas en el cuello a un collar que no sabía que traía. 

- Camina, dijo el primero al tiempo que ambos jalaron de las correas. 
Los seguí. 
Al caminar sentí unas pulseras en los tobillos, eran de cuero y tenían muchos aros alrededor.
Recorrimos un área obscura sin saber donde me llevaban. 


- Alto. 
Uno le entregó su correa al otro y se agachó para atar mis tobillos a una argolla fija en el suelo.
- Abre las patas, dijo. 
Yo dudé en obedecer por un momento cuando sentí un golpe fuerte en mis nalgas mientras repetía:
- Dije que abras las piernas!


Ató unas cuerdas a cada una de las muñequeras que traía y las desató de mi espalda, cuando quise mover mis manos sentí que las jalaban hacia arriba; tanto que quedé parado en la punta de los dedos de los pies. 
 Por atrás me vendaron los ojos y me amordazaron, mientras escuchaba que decían: -Vamos por los otros. 
Lo último que recordaba era que iba caminando por la calle cuando se me acercaron dos hombres, uno por cada lado, me pusieron una navaja en el costado y me ordenaron subir a una camioneta, donde me obligaron a aspirar un trapo empapado en una sustancia que me hizo dormir. 

 ...

A los pocos minutos se volvió a oír a estos tipos que decir "alto", "abre las piernas".
Se volvieron a ir, pero en unos minutos se repitió la operación. 
Pasó mucho tiempo hasta que escuché  abrirse una puerta y una voz diferente,  una voz autoritaria y fuerte que decía: 

- Pase, aquí está la mercancía que le ofrecí, ninguno está entrenado pero si quiere a alguno yo personalmente se lo entreno y se lo entrego en dos semanas. 
- Éste se ve fuerte, dijo otra voz, pero éste es más alto, y ese tiene un culazo. Usted ¿Cuál me recomienda?

- Los tres pueden ser buenos, cualquiera va a ser dócil y sumiso después de pasar dos semanas conmigo.
 - ¿Puedo tocarlos? 
- Por supuesto, el que no enseña no vende. 
- Éste es realmente fuerte, pero... éste es alto pero hay algo en él que no me agrada...éste...
Sentí que me tocaban el pene que para entonces estaba totalmente erecto mientras manipulaban mis testículos y mis nalgas, decía:
-... no es alto, no es muy fuerte pero me gusta su culo, ¿si lo compro puedo hacer lo que quiera con él? 

 - Va obedecer todas sus órdenes, podrá hacer lo que quiera con él y él va a hacer lo que le diga. 
- Con el precio, estoy de acuerdo, pero ¿Cómo se lo tengo que pagar? 
 - Hoy me deja la mitad y dentro de dos semanas cuando se lo entregue y le enseñe a manejarlo me pagará el resto. ¿Va a querer al tercero? 
- Sí, si me promete que va a ser dócil y obediente. 
 - Eso se lo aseguro, además si necesita podemos arreglar alguna manera de que venga a castigarlo a nuestra s mazmorras, supongo que en su casa no cuenta con instalaciones tan completas como éstas, aquí tenemos diferentes aparatos para aplicar diferentes castigos.  Antes de que le enseñe nuestros equipos de tortura y sumisión, coloquele este letrero al que se va llevar. 

 - ¿Cómo se pone esto? 
- Cuélgueselo de las tetas para que sepan cuál es el que voy a entrenar. 
Sentí como me rozaban los pezones. 

 - Así no, le voy a enseñar, si no lo hace con autoridad por más entrenado no le obedecerá. 
Sentí que me tomaban todo mi músculo pectoral izquierdo y me ponían algo como una pinza en el pezón;  el dolor fue insoportable y la mordaza no me permitió gritar. 

- Ahora usted. 
Volví a sentir lo mismo del lado derecho y escuché como se reían cuando me retorcí del dolor. 

- Vamos le voy a enseñar mis aparatos de tortura. 
Se escuchó abrir la puerta y una orden. 
- El marcado a mi recámara, los otros a sus jaulas. 
- ¿Cómo los tiene en jaulas? se escuchó al alejarse a los dueños de las voces. 

Sentí una nalgada mientras en tono sarcástico me decían: 
- No te vayas, en un rato venimos por ti. 
Sentí como bajaban a los otros cuerpos a los que le decían: 
- Mala suerte, tendrán otra oportunidad. 

 Mientras se llevaban a mis compañeros del cuarto, yo no sabía que me dolía mas, si los pezones con las pinzas, o los brazos y las piernas que tenía a punto de entumecer. 

 - Mira, este es obediente, no se ha ido. 
 - Si sigue siendo tan obediente no sufrirá mucho su entrenamiento con el Amo. 
- ¿Crees que nos permitan participar en sus castigos? 
 - Si seguimos siendo sumisos y se aburre el Amo te aseguro que nos dejaran aplicarle alguno. 

 - Ahora quedate quieto.- me dijeron, mientras  bajaron unos centímetros mis brazos de tal manera que pude apoyar las plantas de los pies.
Descansé un poco, sin embargo el ardor y dolor en mis pezones continuaba, por instinto moví el cuerpo para tratar de quitar las pinzas  cuando me golpearon con fuerza el culo.
- Si te las quitas te coseremos el cartel al cuerpo para que veas lo que duele. Esas pinzas sostienen un cartel indicando que ya estas "vendido",
- Muy pronto comenzará tu entrenamiento.
- Y la última advertencia, nunca mires a los ojos del Amo y jamás lo desobedezcas;  suerte. 
Fué lo último que dijeron antes de irse.