La noche siguiente

La noche siguiente 



Había llegado a aquél país norte africano dos días antes. 
Después de recorrer la ciudad, como un turista más, observador, la primera noche visité unos baños públicos, “Hamman Gardens”, oscuros y sucios, pero recomendado por uno de los conductores de taxi que había alquilado, y que, aunque no me había hablado abiertamente de lo que allí podía ocurrir, me lo había transmitido con su mirada y su sonrisa a través del retrovisor. 
Y, al dejarme frente a la puerta del local, con un guiño de sus ojos, tras una insistente recomendación, se había querido asegurar de que, si elegía un masajista, pidiera a Ahmed. 

Aquél viaje me lo había planteado como purificador y, a pesar de mi madurez, casi como una iniciación. 
Llevaba años viviendo sexo, pasiones, búsquedas, ilusiones, frustraciones, y aquél momento vital me estaba enfrentando, quizás, a la desesperanza total. Enfrentarla, asumirla, aunque implicase dejar en el camino mucho de mí, de entregarme, dejarme llevar, y ofrecer, a quien los quisiera, todos los trozos de mi cuerpo, mi piel…y los restos de mi alma. 
Por eso viajé a una cultura diferente. 
A una sociedad, unas costumbres, y una religión, distintas, que me permitieran liberarme de toda huella de mi educación y cultura, y nadar en aguas desconocidas. 

Siempre había tenido el deseo de saber qué podía encontrar, qué podía vivirse tras la oscura mirada de los hombres árabes, sus blancas sonrisas, y su piel oscura, que siempre imaginaba caliente. 
Viajes anteriores me habían proporcionado una primera visión que me ayudaría, ahora, a no sentirme desconcertado, ni inseguro, ni temeroso. 
Había llegado ya a conclusiones decisivas. Buscaría, y probaría, todo. 

La actitud mental abierta la trasladaría a una predisposición física sin límites. No renunciaría a nada. Nada evitaría. Entraría hasta el final de cada situación. Aunque hubiese riesgos…porque siempre serían menores que la propia vida. 
Imaginé, a veces, y más ante la proximidad del viaje, ser poseído por aquéllos hombres. Todos los que me desearan. Cada día. Hora tras hora. Abierto a sus manos, sus miembros, y a sus últimos y más oscuros deseos. Como un cautivo en alguna habitación secreta, esperando la visita de quien se atreviera a olvidar sus prejuicios, y liberase, secretamente, todos sus instintos, sus deseos socialmente reprimidos…y a que yo fuese el elegido como el objeto de su placer. 
Lejos de casa, nadie tendría noticia de mí, de mis andanzas, y de lo que, en última instancia, pudiese ocurrirme. Nunca he temido a nada más que a la existencia diaria, a su dureza disfrazada, a sus riesgos y al constante sometimiento íntimo. 

En el Hamman, viví una experiencia altamente erótica, de sensaciones fuertes que habían reafirmado mis deseos y mis planes. 


El joven Ahmed, oscuro y felino, se había encargado, con toda naturalidad, de bañarme, contra el suelo, bajo chorros de agua, restregándome sus cepillos de crines, por todo el cuerpo, y sobre el slip, según las normas del establecimiento, que no permitía la desnudez integral. 
No obstante, en los pases que abundantemente prodigaba sobre mi zona genital, demostraba una extrema pericia para, disimuladamente, agarrar por instantes la polla, hasta lograr excitarme, y que mi glande saliera por el borde del slip, para concentrar su luego en él… Aprovechando la penumbra, y la posición de piernas abiertas que mantuvo sobre mí, mientras me frotaba el jabón, quedábamos protegidos de las miradas de otros clientes y empleados. 
Allí buscaba detenerse especialmente, hambriento y sonriente, llegando repetidas veces a introducir el extremo del cepillo bajo el slip, hacia las ingles o buscando las nalgas, o mi agujero, siempre quedando al límite de lo que hubiese podido provocar mi negativa en ese primer momento. Como en una fase de aproximación, él cercando a la presa, yo, desafiando al cazador… 

Tras ese calentamiento intenso, me pasó a la sala de relax, a descansar entre otros hombres que gastaban su tiempo allí sin haber pasado por el ritual del masaje, con el aire de ser los clientes habituales, y encontrarse cómodos en un entorno privado que les permitía sueños secretos. 
Se trataba de ciudadanos que, tras el trabajo y las ocupaciones diarias, acudían al Hamman. 


Allí la mayoría disfrutaba su privado momento de erotismo, cubriendo su sexo con ligeros tejidos mojados, que se pegaban a sus vergas, transparentando la potencia viril de su deseo, o pequeñas toallas, que les permitían manipularse discretamente, mirar a los otros, y exhibirse de vez en cuando, con las pollas ya erectas, pero dándoles un aire de naturalidad y camaradería. 
Algunos, incluso, con el aire de restregar su piel, escurrir el sudor…llegaban a exhibir, por momentos, su agujero, acariciándolo, e introduciendo, imperceptiblemente, algunos de sus dedos, al mismo tiempo que buscaban alguna mirada fija en sus movimientos. haciendo que aquél excitante momento sólo pareciese la consecuencia de un normal deslizarse de los tejidos que los cubrían. 
Pero sus intensas miradas oscuras no podían engañar. 

Tras vivir estas excitantes imágenes, esperé a Ahmed, después de una breve conversación, al finalizar su horario de trabajo. 
Después de compartir los vapores de una buena hierba, me había conducido en un tambaleante y ruidoso vehículo hacia los jardines que rodeaban la roja muralla de la ciudad. 

Con el fondo de llamadas a la oración, y un griterío callejero amortiguado por el aire que soplaba entre las palmeras, nos habíamos envuelto, no sin un miedo excitante, en un juego sexual elemental, animal y primario. 
Una hermosa verga deseando el hueco que yo le ofrecía, húmedo y excitado. 
Y allí, en una zona apartada, pasamos al asiento de atrás. 

No hablamos demasiado, se sabía lo que buscábamos…Levanté mis piernas, ofreciéndole ya libremente toda la piel y el calor que había estado buscando durante la tarde, y tras ensalivar su verga, me folló…directo, tranquilo, seguro… Por primera vez mi esfínter había acogido y acariciado un miembro árabe, carnoso, grande, erecto, torpe en su animalidad, aunque directo y certero en el roce, el ritmo, y que yo quise ir reconociendo, memorizando, en cada embestida, para grabarme, como primera experiencia del viaje, el recuerdo de aquélla presión, carnosa, oscura, diferente…No me esforcé en eyacular. 
Mi cerebro, mi sensibilidad, estaban en el orificio estimulado... A Ahmed sí le proporcioné, con sabios y decididos movimientos anales, de succión, con diferente presión, como mordiscos, una abundante eyaculación, cuyos últimos latidos acabaron, chorreantes, entre mis glúteos… 


 Había sido un sexo muy masculino, especialmente por su parte. Como queriendo obviar el pecado al que sus creencias le condenarían. Lo vivió como una necesidad física, de vaciar la tensión sexual generada a lo largo de la tarde, entre dos hombres, que asumiendo su virilidad, hablaban de viajes, cafés, hierbas, paisajes desérticos…Y, en silencio, nuestros sexos habían ido segregando una segura descarga, para estallar cuando las luces cayeran, ya apartados de la ciudad, y en la que la ternura que podían haber supuesto unos dedos recorriendo el perfil de unos labios, el alma mordida por un abrazo, el erotismo de un cuerpo que desprende vahos de sudor, humedad de aromas, habían sido deseos disimulados, casi evitados . 

Me invitó a conocer su casa, donde podríamos comer algo, y reponer fuerzas. Condujo hasta el barrio en el que vivía con su familia, y ya para mí se iniciaba una nueva experiencia, tanto por la situación, como por la visión que iba teniendo de la ciudad real, diferente a la que habitualmente se nos permitía acceder los viajeros. 
La confianza, las bromas, las risas, hicieron que la conversación, en el trayecto, fuese adquiriendo un claro contenido sexual. Además, el vehículo, y él, guardaban aún el cómplice olor del orgasmo reciente. Bromeó sobre si no tenía miedo de su “víbora venenosa”, de estar perdido en su barrio, a merced de un hombre desnudo…Yo le contestaba que para envenenarme necesitaría más de una de esas víboras, o que ante un hombre desnudo, no tenía miedo a perderme, me pegaría a él, como un perro fiel, sabiendo siempre qué postura adoptar.

 Ya en su casa, la madre y la hermana, a las que no me presentó desde la cocina semiescondida, y cubriéndose parte del rostro con el mismo velo que les cubría la cabeza, fueron pasando a través de una pequeña ventana, algunos platos de comida, vegetales, arroz, carne, de forma que en unos minutos estábamos, en un vergonzante rol de señores absolutos, y sentados en el suelo frente a una mesa, Ahmed, su hermano mayor, Rachid, y yo. 

La cena transcurrió amigable, sin que yo pudiese entenderlos más que cuando se dirigían a mí en un correcto francés. 
Las amplias túnicas que vistieron para acomodarse alrededor de la mesa, recogidas a la altura de las rodillas, permitían observar el oscuro anuncio de sus pollas, apenas adivinadas, pero directamente insinuadas. 
Yo, aprovechando que no vestía ninguna prenda interior bajo el pantalón bermudas, coloqué mi sexo, erecto durante casi toda la comida, hacia una pernera del pantalón, de forma que también insinuase su proximidad al exterior. Y aparte de esta situación inicial, teóricamente, no hubo ninguna connotación sexual. Pero sí percibí que, entre ellos, en su lengua, y con voz más baja, mantenían una conversación diferente que, entre miradas, sugerentes y amenazadoras, fluía en paralelo. 
Seguramente sin que imaginasen lo que yo estaba deseando, caliente. Ser su objeto. Quedar a merced de sus últimos deseos. Sin límites. Sin pudor. Sin miedo. Con su sexo. Con el mío. 

Tras el té, Ahmed me insistió en que pernoctase allí, en su habitación, que compartía con su hermano, el otro hombre de la casa, disculpándose por no poder ofrecerme una habitación propia. 
A su invitación respondí con otra, más velada, pero clara: lo agradable que sería para mí compartir la noche con ellos, y la hermosa experiencia que me propiciaban. Esperaba que me la hicieran inolvidable. Tras lavarnos con los golpes de agua de diferentes vasijas que tenían en el patio, y que uno a otro nos fuimos arrojando, lo que nos permitió ya sugerentes contactos, miradas, e incipientes erecciones, pasamos a la habitación, la primera, a la entrada de la casa, separada de la que ocuparían las mujeres, alejada en el fondo de la vivienda. 

La habitación estaba a oscuras. Sólo iluminada por el reflejo de una menguante luna, que entraba por el único hueco al exterior de que disponía la cámara. Por el olor que percibí al entrar, aquel ventanuco era insuficiente para la ventilación que me hubiese parecido deseable. Pero me fui haciendo al ambiente. No estaba mal como calabozo. Olor persistente a machos, residuos de sudor almacenado en las alfombras, aromas de plantas, especias, hierbas …

En silencio, me alargaron unos cojines, que colocamos sobre un par de soportes bajos de madera, y que parecía ser lo mejor que tenían para ofrecerme. Ahmed se tumbó sobre una alfombra, a unos centímetros de mí, mientras su hermano se colocaba en el mismo suelo, en posición transversal sobre mi cabeza, que podía sentir el cercano calor de su vientre. 
Mientras nos acomodábamos, yo había permanecido con el bermudas desabrochado, buscando sugerir, con aquél bulto emergente, un mayor erotismo con la erección que ya presentaba, un erotismo superior al de la directa y obvia carnalidad de camaradería masculina. 
Ya tumbado, en la oscuridad, dando la espalda a Ahmed, me desprendí de él, y dejé que mi verga erecta pudiese quedarles dibujada con la suave luz de las velas. 

A los pocos minutos, una vez que el silencio empezó a hervir con el fuego de la noche Ahmed, tumbado en paralelo a mí, y cuya respiración casi soplaba en mi espalda, se movió levemente, y olí la proximidad de su polla. Finalmente…allí aparecían los objetos deseados. Una frente a mis nalgas, otra coronando mi cráneo. Casi una representación mística de lo que yo estaba imaginando. Ellos acosando mi cuerpo, mis agujeros, llenando mi cerebro, adivinando mi deseo.  

Ahmed comenzó a dilatarme untando el conducto con algún sabio ungüento que dejaba en mi recto el frío de la menta, el fuego de la pimienta…Mis epitelios comenzaron a reaccionar, inflándose, necesitando aire, contrayéndose, dilatándose, pidiendo alimento…Levanté una pierna, abriéndome más, para facilitarle la manipulación, y comencé a dejar que mi respiración, animal y caliente llenara el espacio, tranquila, acompasándose a sus toques. 

El hermano, se había incorporado, ya también totalmente desnudo, y cuando alcé los ojos, buscándolo,  pude oler su glande enrojecido, rematando la gran verga oscura que estaba trabajándose despacio sobre mi cabeza. 


Los tenía. 
Y me tenían. 

El libro de todas las oraciones, peticiones y deseos, a un dios desconocido y siempre buscado, quedaba abierto. Abrí mis brazos, como en una crucifixión, y los atraje hacia mis costados. Sus cabezas quedaron rozando mis labios. Y entonces, susurrando, como en las noches de entrega, queriendo despertar sus sentidos, erotizando la palabra, les hablé, entrecortado, jadeante... 
“Quiero daros la noche siguiente…la que continúe, en nuestra piel, a las mil y una leyendas, la que nadie osó escribir…la que estabais soñando y esperando…” 
Y ya eran ambas manos las que me perforaban. 
Habían comenzado lentamente, pero mi entrega , mi deseo, mis palabras, les habían excitado, y jadeantes también buscaban mis entrañas…El ungüento que había usado Ahmed ayudaba, absorbiendo el dolor que provocaba su presión con la progresiva quemazón que me estaba lacerando hasta el límite de mi resistencia. Creo que perdí la conciencia del humano que era, y deseé ser el animal que les obedeciera…Comencé a contraer rítmicamente mis músculos anales, y los fui engulliendo…los quería enteros… 
“No quiero límites…regaladme un viaje hasta el final, no existen fronteras… y quedaré aquí…vuestro…hasta el último de mis latidos…” 

Rachid sacó sus dedos, y se incorporó, moviéndose hacia el fondo de la habitación…Ahmed continuó con su mano dentro de mí con sus caricias giratorias…Con la otra mano, maltrataba mis pezones…le asombraba la respuesta que daban a la agresión, reaccionando grandes, duros, puntiagudos, en un creciente y placentero desafío al dolor. 
Mi excitación iba en aumento, mezcla de deseos siempre soñados, y de la animalidad que iba despertándose en mis entrañas. 
Los dedos de Ahmed, me seguían perforando el ano y, con mi consciente entrega, la dilatación estaba alcanzando niveles pocas veces experimentados. Notaba como el ungüento que estaba utilizando se hacía cada vez más fluido, al contacto con el calor de la piel interna de mi cavidad. La fluidez hacía que lo fuese supurando hacia el exterior, y su mano volvía, empapada, a introducirmelo… La sangre, casi audible, golpeaba mis sienes, en el silencio de aquél cuartucho, cuando no quedaba ahogada por mis entrecortados gemidos…Su puño cerrado ya estaba dentro. 


Y se movía, reconociéndome, y acentuando la presión en los puntos en que él percibía que mi reacción alcanzaba el éxtasis… Rachid, mientras tanto, estaba moviéndose por la habitación, y acercando a donde yo yacía, algunos elementos del mobiliario. 
Acercó la mesa sobre la que se distribuían algunas piezas de un juego de té, hacia la parte superior de mi improvisado lecho. 
Levantó mis brazos hacia atrás y en unos minutos quedé atado, con correas de piel, a sendas patas de la mesa. 
 Era de madera maciza y pesaba, con lo que prácticamente mi tronco quedó inmovilizado, mis pectorales, con mis brazos, se elevaron, y al inclinarse a comprobar mi nivel de sujeción, ya aprovechó para exprimir fuertemente mis pezones, que hacía rato dibujaban ya un duro relieve, y reaccionaron como una turgente presa, oscura, que se siente cautiva.

Después de encender una pequeña bombona sobre la mesa, sobre la que puso algún líquido a hervir, bajó hacia mis tobillos, donde seguía Ahmed, atándolos a la parte superior de un par de banquetas, de forma que mis piernas quedaban elevadas, justo hasta el punto de dejar mis glúteos visibles, y mi agujero practicable, al alcance de sus deseos…Además, el hecho de ser muebles manejables e independientes, les permitiría graduar la apertura de mis piernas. Ahmed le había ayudado en estas últimas maniobras, y para mantener mi dilatación, me había introducido el extremo inferior de una especie de botella que, de metal frío, me provocó placenteras y refrescantes contracciones, mientras que terminando de atarme, de vez en cuando sacudían mi polla, o aplastaban mis pezones, con los golpes de sus oscuros pies… Y así configuraban la escena de mi sometimiento, mi sumisión…su dominación. 

Y los contemplé, totalmente desnudos, erectos, de pie sobre mí. 
Reían, se tocaban, obscenos, como contentos de tener a sus pies, y a su merced, a un buen ejemplar europeo, que se les entregaba, aunque con sentimientos encontrados de rabia, odio, y deseo. 
Comenzaron el ritual extrayendo el bote metálico de mi ano, e introduciéndome, inmediatamente, algunos dedos de sus manos. Pronto, y asumiendo que aquélla iba a ser mi posición por unas horas, comencé a gozar, relajándome más ante su progresiva presión, mientras ellos jadeaban como hermosos animales, y se excitaban, cada vez más, cuando sacaban sus manos de mi interior y me las hacían lamer. 
Parecía el descubrimiento, para ellos, de un nuevo potencial erótico.  
Ahmed cambió su posición, que encaraba directamente mi entrepierna, y no necesitó mucha manipulación ni en mis genitales ni en su polla para ofrecerme la dureza de su perforación. 
Gemí con la embestida, pero inmediatamente le confirmé las delicias del placer que me proporcionaba, y le asentía, pidiendo más… Y me concentré en reconocer al mismo miembro que me había penetrado aquélla tarde en el interior de su coche. Su textura recia, su glande incisivo y duro, su abundante piel…Sus movimientos circulares una vez que estaba totalmente encajado.
Mi agujero, dilatado, ofreció menos resistencia, pero la continua fricción a que había sido sometido durante los últimos minutos lo volvía más sensible. Comencé a contraerlo, recordando los rituales tántricos que a veces había practicado. 
Mi existencia, en ese momento, estaba totalmente concentrada en los genitales. Comencé un progresivo movimiento de succión contrayendo y aspirando con todo mi paquete muscular, y, como me solía ocurrir cuando practicaba este movimiento, me pidió que parase, sintiendo que le nacían ya los espasmos del orgasmo. 
Y me gustó verlo dominado. 
No maneja sólo el que penetra, el cuerpo dominado también agarra y somete. Y así continuó durante un tiempo, con movimientos de salida y penetración, pero utilizando ritmos diferentes, deteniéndose a la entrada, embistiendo de golpe…y yo ahí seguía, como animal salvaje rugiendo, gimiendo, y al que tendrían que seguir dominando. 

Rachid, mientras, permanecía a mi costado, arrodillado frente a mi cadera, a la que presionaba con la fuerza de sus rodillas. Su verga era hermosa, de una erección potente, piel oscura, y un glande algo rosado cuya contemplación me volvía más animal. Le pedí que violase mi boca, en busca del placer consciente de sentir llenos mis orificios, de su sabor salado y del calor que me estaba abrasando la entraña. 


Observó que, como consecuencia de haber posicionado toda mi sensibilidad en la zona anal, mi polla había respondido, celosa, disminuyendo notablemente el grado de erección…y comenzó a sacudirla, primero a manotazos ,y una vez emergente, con bruscas sacudidas. 
Conseguida la reacción, se acercó a la mesa, donde, en algún momento había preparado una infusión de hierbas con el agua que hirvió al principio. Comenzó a beber a grandes sorbos, y atenuada la temperatura dentro de su boca, los dejaba luego escurrir sobre mi torso, que se estremecía, más por la amenaza de la sensación inesperada que por la temperatura real. 

Luego comenzó a derramar cera, bajando desde los pezones a la polla, y deteniéndose a jugar amenazador alrededor de mi verga.  
Ahmed, mientras, había cesado en la penetración, y colaboraba en mis estremecimientos mediante mordiscos, de distinta presión, por mi costado, mis pezones, mi sobaco abierto, donde descubrió el placer de arrancarme algunos vellos a dentelladas. 
A sus mordiscos yo respondía intentando girarme, a pesar de las ataduras, hacia el lado contrario, con lo que mis glúteos quedaban expuestos a su alcance, y él aprovechaba para azotarme con la palma de su mano, o golpear con su puño cerrado.  
Rachid seguía derramando líquido caliente sobre mí. 
Cuando acabaron de castigarme un costado, atacaron con nuevos mordiscos y patadas sobre el otro. La cera, vertida muy próxima a mi piel, abrasaba por unos segundos el vello sobre el que caía, y , como si les excitara el olor a materia quemada, seguían progresando en el nivel de dolor, que me resultaba difícil de soportar, pero al tiempo, me motivaba a excitarlos más, con mis gemidos, y, clavándoles la mirada, como desafiándolos hacia niveles superiores. 
Rachid fue entonces consciente de que hacía unos minutos que había dejado de maltratar mi agujero. Rodeó a Ahmed, que seguía moviéndose, como un reptil en torno a mí, acosando toda mi superficie vulnerable, y se colocó entre mis piernas. Las separó, para tenerme más inmovilizado, y se sentó en uno de los bancos a los que yo seguía a atado. Volvió a iluminar la vela, y cuando ya se acumuló algo de cera líquida en la base de la llama, comenzó a derramarla, como un aviso, sobre el vello que rodea mi polla. 
Luego siguió por el escroto, y se detuvo para percibir mi reacción. 

Yo permanecía jadeante, sudoroso…pero de mi mirada podía deducirse el placer que le suplicaba. 
Acercó la vela, y comenzó a quemar, con la llama, controladamente, el vello que rodeaba mi ano. 
Sentía el calor de la llama, acrecentando lo caliente de la zona, tras las continuas manipulaciones y juegos a que había sido sometida. 

Ante mi inmovilidad, y su progresiva excitación, llegué a sentir miedo a que me quemase la piel. 
En ese momento, Ahmed, que estaba junto a mi cabeza, lo reclamó. Concentré en Ahmed mi atención tratando de adivinar que iba a hacer. Y lo gocé. Los mismos hermosos muslos, cubiertos de suave vello moreno, que esa tarde, con su presión sobre mí, en el Hamman, habían sido la llave para abrir los chorros con que el placer me habitaba esa noche. Arrodillado, con sus muslos entreabiertos junto a mí, yo podía oler su preciosa verga, alcanzando la cima de la erección, y segregando su miel transparente. Mientras se la sacudía, borracho de placer, labios entreabiertos, y perdida mirada de ensoñación, había reclamado a Rachid. 
Este dejó de amenazarme con la llama, y tras cruzar unas palabras entre ellos, se colocó a mi otro costado, frente a su hermano, en posición semejante, de muslos entreabiertos, pero con una erección menos amenazante. 
Después de hacérmelos lamer, metió en mi boca los dedos de ambas manos, y forzándola, sujetó ambos maxilares para que permaneciese abierta. 

En el primer momento, pensé no resistirlo. El espasmo de la respiración, y el reflejo de la deglución, la secreción de saliva, me colocaban al borde de lo que mi físico podía resistir, pero mi mente disfrutaba. Primero tuve que tragar la saliva que dejaban caer, y luego Ahmed, cuyos gemidos anunciaban el cauce de su orgasmo, apuntó hacia mi boca, haciendo que la primera leche, la más caliente, la más poderosa, golpease mi laringe…grité, atragantándome, llenándome de sabor salado…luego se derramó en mi rostro, mis labios, y acabó sacudiéndose sobre mi torso, y todavía gritando su placer…Por encima de mí, besó a su hermano, como dos animales jugando con sus lenguas, y llegando a agarrarse, frotarse, y sacudirse sus espléndidas pollas.

Recuperada la respiración por ambos, Se desplazaron hacia mis piernas. Rachid, tras las imágenes vividas, ya presentaba el oscuro y espléndido reflejo de su excitación…Se centraron en mi ano. Ahmed, como un viejo conocedor, le dio alguna indicación a Rachid, mientras con sus dedos, y la humedad que yo segregaba, comenzó a recuperar mi dilatación. 

En unos momentos, fácilmente, conseguí relajar la zona, y entonces Ahmed, con varios dedos de cada mano, forzó más la dilatación, hasta el tope de mi resistencia muscular. El agujero quedaba amplio, ofreciendo a Rachid mis rosadas e hirvientes entrañas, mientras el latido incontrolado de los músculos, le invitaba a una potente succión. Las imágenes, unidas a lo que podía estar sintiendo en su interior, a la expresión desconocida de inmenso placer que ofrecía Ahmed, y a mi mirada, exigente, desafiante, mis gritos reclamándolo…hicieron que un inmenso río, blanquecino, de hombre y masculinidad, me inundase, como en una riada que acabó desbordándose sobre todo mi cuerpo. 


Mientras todavía se estremecían, sólo tuvieron que acariciarme el torso, comerme los pezones, morderme la verga…y la noche ya quedó, para siempre, manchada con nuestro húmedo placer… Luego, mientras nos besábamos, el sueño nos fue conquistando.  

Rachid volvió a ocupar la posición que tuvo al principio de la noche. Ahmed se abrazó a mi espalda cruzando sus brazos sobre mi pecho, y me sentí, por un momento, amado. 

Quise llevarme un recuerdo de aquélla noche, y le pedí que mordiese mi hombro. Hasta donde la piel resistiese. Hasta que la sangre accediese a la epidermis, y marcase en rojo oscuro el placer que habíamos vivido. Y, con su dentellada ardiendo en mí, antes de abandonarme a un sueño, que casi presentía como un aroma de muerte, recordé uno a uno, a los hombres que me habían poseído, en cuerpo y alma, en la generosidad sin límite, pero no habían sido capaces de entender el sentido de la entrega. 

Lo sagrada que puede ser la pasión, lo exigente que debe ser lo auténtico, que el cuerpo alcanza unos límites porque el alma va con él… Y ahora, como en una venganza, lo que les había ofrecido como reflejo de un sentimiento, ahora ya no era de ellos…También lo podía regalar, a una simple mirada, a una piel, a la caricia de una sonrisa, a un sexo que me llenase, me mojase, y limpiase las huellas de un pasado dolor… Y pensé en la mañana que crecía, en amanecer en el patio con aroma de limones, lavarme con ellos, el postrero contacto con su piel, en el alimento que me daban, en el calor de su mordisco, de recuerdo y esperanza… Ya no existirían, para nosotros, las mil y una noches…siempre estaría la noche siguiente. 

Mientras sentía la dormida respiración de Ahmed, acaricié los restos del placer que se habían quedado en mi piel, la cera, su semen, aroma de hierbas, sabor de hombre… La luna seguía menguando. 

La mañana crecía. 

Fran

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