16/1/15

Puta de mi Jefe - 2da parte

"Esa noche me sirvió para recuperar confianza.
Decidido en darle vuelta a la tortilla y que ese gusano cayese en mis garras me vestí a conciencia, y mirándome en el espejo decidí que mi odiado jefe iba a suspirar al verme.
 “No va a poder evitar ponerse cachondo”, ayer me llamó puto, pues se va a encontrar con un puto caro”.



Mi confianza fue incrementándose en el camino a su hotel de manera que cuando entré en el restaurante de ese establecimiento estaba seguro que ese viejo caería rendido a mis pies.
Por eso en cuanto lo vi fui con paso firme a su encuentro.
Don Fernando me saludó con un apretón de manos.
Creí que había conseguido mi objetivo hasta que, al sentarme me soltó: -¿Cuántas veces te has corrido pensando en mí?-
Lleno de cólera le miré con desprecio, y arriesgando mi puesto de trabajo le contesté:
 -¿Y tú?-
Descojonado de risa, me respondió:
-Unas seis pero no tiene mérito, tuve ayuda.-
La fantasmada de su respuesta terminó por sacarme de las casillas, y sin morderme la lengua le expuse mis dudas de que a su edad fuese capaz de tener más de una erección a la semana.
Si creía que se iba a encabronar al oír mi respuesta, me equivoqué porque Fernando soltando una carcajada me preguntó que quería desayunar.
Le pedí un café al camarero y encarándole le pregunté si no temía que le denunciara por acoso; por mucho menos algunos jefes se habían visto inmersos en un largo proceso penal.
Como si no fuera con él se puso las gafas, y mientras leía el menú me contestó:
-Me vanaglorio de conocer a las personas, y tú jamás me denunciaras.- Parcialmente intrigado le insistí en qué se basaba.
Sin dar importancia a mis quejas me miró a los ojos antes de contestarme:
 -Mario, ¿A quién quieres engañar? Estoy convencido que desde que supiste quien era, has soñado con mi fortuna.-
No sé cómo fui capaz pero dando un salto al vacío le respondí:
-No te equivocas, solo me interesa tu dinero. ¡Lo quiero todo!-
La franqueza de mis palabras le divirtió y se puso a desayunar.
Su actitud impasible me pareció irritante pero comprendiendo que había revelado mis intenciones decidí no seguir tentando al destino.
En silencio esperé que terminara.
Ese hombre conseguía provocar mis más bajos instintos; de haber podido lo hubiese estrangulado por el pasotismo con el que se había tomado mi declaración.
 Don Fernando apurando su café me dio un sobre.
Al abrirlo, vi que en su interior había más de mil euros.
Sin saber a qué venía ese dinero le di tiempo a que se explicara.
Picando mi curiosidad se levantó sin aclararme nada y solo cuando se dirigía a la recepción del hotel me pidió:
 -Toma las llaves de mi habitación, ve y paga.-
Totalmente descolocado le vi marchar, y sabiendo mi misión cogí el ascensor.
Al llegar al cuarto abrí la puerta para descubrir a dos chicos desnudos sobre la cama.
Agotados los dos putos abrieron los ojos al verme entrar.
Si ya fue duro encontrarme con ellos más lo fue escucharlos protestar:
 -No le ha bastado con dos que tuvo que llamar a un tercero.-
No los saqué de su error, únicamente les pagué y cabreado como nunca bajé a encontrarme con ese pervertido.
A eso se refería cuando dijo que se había corrido seis veces pensando en mí, esos profesionales era dos copias vulgares mías.
Aunque parezca raro, uno de los motivos de mi enojo era que hubiese malgastado “mi” dinero con ese par de furcios.
Don Fernando me esperaba en el hall del hotel con cara de recochineo.
El muy mamón sabía de antemano que al mandarme que pagara a esos dos me iba a percatar de su juego.
Estaba disfrutando, y por eso sin darme por aludido para no complacerle, le pregunté si nos íbamos.
 -Por supuesto- respondió pasando su brazo por mi hombro.
No me preguntéis porque le permití hacerlo, ni yo mismo lo sé.
Lo cierto fue que sentir su manaza alrededor de mi cuerpo me encantó, y con los pezones erizados y la polla dura me dejé guiar hasta mi coche.
Ese fue el principio de mi claudicación, y lo peor es que mi jefe lo supo al instante.
Luciendo una sonrisa en su rostro abrió la puerta y sin hacer ningún comentario se sentó en su asiento.
Encendí el coche sin mirarle, mi mente estaba divagando sobre cómo ese cincuentón había dejado exhaustos a dos chicos.
Era de tal grado mi concentración que tardé unos segundos en darme cuenta que ese cabrón había dejado caer su mano sobre mi pierna.
Sé que no es lógico, pero al sentir su caricia me quedé callado, y mirando al frente hice como si no pasara nada.
Mi mutismo le dio alas y tomando confianza fue subiendo por mi muslo sin pedir permiso.
Sus dedos recorrieron mi piel lentamente, y mientras tanto incapaz de oponerme, la temperatura de mi cuerpo fue subiendo grados.
Tuve que morderme los labios para no gemir cuando las yemas de mi jefe se aproximaron a mi sexo.
Trataba de concentrarme en la conducción, pero todos mis intentos se fueron a la mierda cuando sus dedos empezaron a jugar con mi sexo sobre la tela del pantalón.
Separando involuntariamente las rodillas facilité sus maniobras.
Mi entrega no le pasó inadvertida, y profundizando sus caricias me desabrochó la bragueta y se puso a mimar la punta de mi polla, babosa de precum.
Sin poderme creer lo que ocurría, no pude evitar que el primer gemido surgiera de mi garganta.
Don Fernando al oírlo comprendió que tenía carta blanca, y metiendo un dedo por debajo me obligó a levantar el culo, y me empezó a masturbar el ojete ya sin disimulo.
Me avergüenzo al recordar que dominado por el deseo empecé a suspirar mientras colaboraba con él moviendo mis caderas.
Semáforo a semáforo me fui calentando, hasta que dando un grito me corrí sobre la tapicería.
Avasallado por el placer pero humillado por la sumisión a sus caprichos fui incapaz de mirarle porque sabía que no podría soportar su cara de superioridad y por eso sacando de mi interior los pocos arrestos que me quedaban le pedí que me dejara en paz.
Mi jefe soltando una carcajada, me contestó:
-No pienso hacerlo. Aunque no lo sepas, eres mío.- 
Su fría respuesta hizo que se me pusiera la piel de gallina al percatarme  por primera vez que no se equivocaba. ¡Sí lo sabía! No podía negar lo evidente, ese desalmado había asolado mis defensas y el tremendo orgasmo que acababa de experimentar era una prueba de mi rendición.
Con lágrimas en los ojos, aparqué el coche en mi plaza y como un corderito siguiendo a su pastor le acompañé hasta el ascensor.
No sé si me dolió más saberme en sus manos o que no aprovechara que estábamos solos para tomar lo que era suyo, pero la verdad es que cuando se abrieron las puertas y apareció mi oficina me sentí como una jodida cucaracha esperando ser pisada.
Hundido en mi sillón encendí mi ordenador deseando estar a miles de kilómetros de mi dominador."

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