23/1/12

Las vías de la Pasión - 1ra parte -



Había pasado ya un largo rato desde que la luz matutina comenzara a filtrarse por los espacios entreabiertos de la ventana. Primero había entrado como una niebla tibia en el reducido espacio de la habitación de Marcelo. Luego, con el sol ascendente, la luz, más intensa, se concentraba en haces luminosos, alcanzando el suelo y los objetos más cercanos.

También acariciaba, concentrada, sus cuerpos. Hijos hermosos de la tierra hermosa, que despertaba con su energía, su fuerza, rugido silencioso de la mañana.

Dos cuerpos. Desnudos. Sobre el camastro, entremezclados con alguna piel de animal salvaje, curtida, y otros tejidos delicados, exóticos, traídos con ocasión de alguna campaña lejos de Roma, y que utilizaban, a veces, para cubrirse en los fríos amaneceres, a veces para adornar y decorar sus cuerpos en sus juegos de mutua seducción.

Marcelo estaba vuelto hacia el rincón, como huyendo de la luz. Celso se abrazaba a él por detrás; casi colgaba, como protegiéndolo, de la amplia espalda de Marcelo. Pero podía imaginársele también como a un animalillo a cuestas, y dependiendo en todo de su amo protector.

La luz realzaba sus hermosas espaldas, acariciaba sus costados, y ya se detenía a disfrutar de sus espléndidas nalgas. La pierna, de sedoso vello, de Celso, notando la luz, el calor, y la caricia de la mañana, reaccionó, subió hasta la cadera de Marcelo, dejando sus glúteos generosamente separados, ofreciendo, a aquella mañana invasora, la imagen, deseable también para ella, de su tibio agujero.

Al notar la presión de su pierna, el cuerpo de Marcelo se estremeció ligeramente. Celso se soltó, girando al lado contrario, como queriendo no salir del sueño. El otro, como un felino, se volvió, abrazándole ahora a él, e intercambiando la posición.

Marcelo era corpulento, y el cuerpo de Celso quedó totalmente recogido entre sus brazos, en perfecta disposición a ser perforado.

Sin embargo, Marcelo evitó entrar. Con su pene, se frotó, lento, en la tibieza del ano, golpeándolo suavemente, pellizcó sus pezones, mordió su cuello, y procuró que, si Celso entraba de nuevo, poco a poco, en el sueño, lo hiciera sintiendo sus dedos dentro de él.

Aunque permaneció en el lecho, no pudo dormir más. Inquietud, fantasmas de deseo, imágenes de placeres antes no imaginados, le torturaban en los últimos meses. Y aquélla figura recurrente del hermoso soldado, atado a un árbol, desnudo, con sus ropajes en el suelo, y atravesado por saetas sangrantes sobre su torso, sus pezones rasgados…y cuyo fluido, en el sueño, quería beber…

Sin embargo, fuera de su mente, casi todo era rutina. El día anterior había sido una dura jornada. Los servicios ordinarios de su centuria, las termas vespertinas, los ejercicios gimnásticos, para después acompañar a algunos magistrados y escribas que visitaban al gobernador Pilatos…

No había podido regresar a su casa, hasta bien concluida una cena ofrecida a éstos por un patricio, casi multitudinaria, opulenta, donde habían degustado reses y aves elaboradas en múltiples formas, con diferentes condimentos, preparados dulces de aromas afrutados, mediterráneos, fuertes y desconocidos licores… para acabar todos, con los sentidos excitados, en un gran juego erótico, libre, libidinoso.

El cuerpo de Marcelo solía ser uno de los mejores en cualquier grupo humano, por lo que, en esa hora, había sido requerido, que no obligado, por algunos de los asistentes, con mayor o menor discreción, para proporcionarle y también obtener de él los placeres ya habituales.

Nada fue especial ni le exigió un nivel alto de concentración ni fingimiento. La perversión de la sensualidad ya habitaba en su piel. Pero, y de eso empezaba a ser consciente, sólo él habitaba en su alma.

Sí había tenido alguna sensación nueva, tras permanecer un tiempo dentro de la dómina de la mansión, (a quién le gustaba tenerlo dentro, incluso por detrás, mientras se adormecía entre los vapores del licor) cuando aquél joven tribuno le había regalado una generosa y prolongada “felatio”, oculto bajo la mesa en la que se había reclinado para dormitar.

El joven se había estado masturbando, mientras casi esculpía, por el detalle de su trabajo, el pene de Marcelo, primero acariciándolo, luego mamándolo, infinitamente, intermitente, masajeándole con variados ungüentos que portaba en pequeños frascos, y que, entre el ardor, el escozor, la potente erección, y el placer insoportable, le habían ofrecido una nueva gama de sensaciones. Hasta que, en el momento de la retardada eyaculación, le había hecho gritar con un doloroso y placentero mordisco…

Había sido algo nuevo, sorprendente. Su polla siempre había sido un bocado, según le habían dicho, exquisito. Pero ni los centuriones compañeros, con los que solía mezclarse en todo tipo de juegos en las noches de campaña, lejos del hogar, le habían hecho sentir más que un instante físico y algo de íntima camaradería; ni en las termas, con los jóvenes que lo masajeaban hasta acabar bebiendo su elixir; ni en el baño, con las mujeres que lo requerían en las prolongadas ausencias de los maridos…

Y luego, el joven Celso, cuya familia había estado siempre sometida a la suya, al que había visto crecer, y al que había enseñado a jugar…hasta que alcanzaron la plena intimidad del juego.


La noche anterior, al llegar a casa lo había encontrado esperándolo, y aunque venía cansado, embriagado, no quiso perdonarle un rato de gozo, disfrutando de sus brazos, que ya habían adquirido toda la fuerza viril, de su sonrisa, de su cabello, su calor, su pene fresco y jugoso, su agujero, cada día más receptivo, y de la leche de ambos, con la que se habían embadurnado, hasta que fueron cayendo exhaustos.

Todas estas sensaciones se agolpaban en su cabeza en el momento en que se incorporó. Sujetó, por unos segundos, su cabeza entre las manos, y levantándose, se dirigió hacia la pila donde, cada mañana , tras poner varias vasijas de agua sobre el fuego, y en un agua ya tibia, se sumergía, antes de enfundarse en la corta túnica, y en su loriga labrada.

La jornada se presentaba dura. Además de los trabajos habituales, recordó que tendría que custodiar a un condenado hasta el Gólgota, y protegerlo de la multitud en la vía de ascenso al monte… nunca hasta ahora había desarrollado esa misión, que tampoco resultaba frecuente.

Y adormecido en la tibieza del agua, que hacía pequeños círculos alrededor de sus rodillas, sus muslos, su vientre, se fue arrancando los restos de semen de su piel... recordó los diarios placeres, la sensualidad ya hecha costumbre….Y entonces se estremeció al ver el reflejo en el agua.

El hermoso rostro del joven soldado,desnudo, atravesado, atado al árbol, manantial de sangre...

Su sueño recurrente… pasado? … futuro? Siempre presente. La mirada siempre elevada, esperanzada, casi de beatitud, como entregado a algo, o a alguien, superior… que lo amaba...

Tuvo que incorporarse y sacudir las sensaciones que le iban invadiendo.

Su pene había alcanzado, a pesar de todo lo vivido en las últimas horas, una potente erección.

Este es un relato que comparte con "Perros" nuestro lector/colaborador Fran.

1 comentario:

  1. ummmmmmmmmmm, quiero chupar ese culo y esa polla de esos machos...sentirme su perro y su puto y que me la metan la verga por mi culo complaciente y deseoso de machos calientes y viciosos

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